¿Qué es una emoción?
Las emociones son reacciones
subjetivas que experimentamos ante determinadas circunstancias y que
implican una serie de cambios transitorios en nuestro organismo
(se producen cambios en nuestra atención, nuestros pensamientos,
nuestro cuerpo…). Las emociones están influidas por factores biológicos
innatos y también por la experiencia y pueden surgir ante
estímulos o circunstancias externas (por ejemplo, encontrarse con un
atasco en carretera, ver a la persona amada, percibir un peligro…) o
también pueden darse ante situaciones internas (un dolor
de muelas, el recuerdo de aquel verano en la playa, la preocupación
acerca del futuro…).
Actualmente, predomina la creencia
de que existen emociones “positivas” (alegría, calma, bienestar…) y
“negativas” (ira, miedo, tristeza…) y que, para ser
felices, debemos potenciar las emociones “positivas” y tratar de
huir o eliminar las “negativas”. El problema de esto está en que no
existe un “botón” que podamos accionar para programar nuestras
emociones a voluntad. Es más, para lograr la mayor parte de cosas
que nos hacen sentir felices, orgullosos o satisfechos a largo plazo,
muchas veces tenemos que convivir con ciertas emociones que
nos resultan desagradables a corto plazo (los "nervios" que pasamos
en la entrevista para el puesto de trabajo del que tan orgullosos
estamos, la inseguridad que sentimos al pedir aquella primera
cita…)
Este punto de vista, que divide
las emociones en “positivas” y “negativas” resulta, en la práctica, poco
útil, puesto que las emociones no son “buenas” o “malas”
en sí mismas, sino que cumplen una función de supervivencia. De
hecho, si no existieran muchas de las emociones que hoy en día
consideramos “negativas”, seguramente nuestra especie no habría sido
capaz de sobrevivir a lo largo de miles de años ¿Te imaginas que
hubiera pasado si ninguno de nuestros antepasados cazadores hubiese
tenido miedo de los depredadores?
¿Para qué sirven las emociones?
Como ya hemos adelantado, si las
emociones existen, es porque cumplen una función. Por ejemplo, el asco
nos mueve a rechazar o alejarnos de estímulos que podrían
ser potencialmente dañinos para nuestra salud; el miedo, nos lleva a
buscar protección y seguridad; la alegría nos motiva y favorece las
relaciones sociales; la tristeza favorece la obtención de
ayuda por parte de otros, a la vez que nos ayuda a reflexionar y
“digerir” determinadas situaciones dolorosas.
Como podemos ver, todas las
emociones, tanto las agradables, como las desagradables, cumplen
importantes funciones en nuestra vida y forman parte de nuestra
naturaleza humana. A pesar de esta evidencia, nuestra cultura nos ha
educado para intentar controlar, reprimir o luchar contra nuestras
emociones, de forma que nuestro propio “miedo a sentir”
hace que, en ocasiones, en un intento por evitar ciertas emociones,
nos quedemos paralizados o bloqueados, o caigamos en una espiral de
hiperreflexión que, más que ayudarnos a eliminar las
emociones indeseadas, puede llevarnos a cronificarlas.
Aprendiendo a vivir las emociones
Como hemos venido señalando, las
emociones no constituyen un problema en sí mismas, sino que más bien, lo
que nos causa problemas es la forma en que las
afrontamos o la manera en que reaccionamos ante ellas. Si, por
ejemplo, cuando nos sentimos tristes, nos quedamos en casa, dejamos de
implicarnos en nuestras actividades cotidianas o nos aislamos
de nuestras relaciones sociales, puede que eso, a corto plazo, nos
ayude a evitar un esfuerzo o a evadirnos de una realidad que vivimos
como hostil. Sin embargo, si a la larga dejamos que las
emociones nos paralicen de esta forma, es probable que esa tristeza
no solo no desaparezca, sino que se quede con nosotros más tiempo de lo
deseado.
Como dice el poema de Rumi “La
Casa de Huéspedes”, las emociones son como huéspedes que nos visitan
durante un tiempo y, una vez cumplida su función, se van.
Cada día, alguien nuevo, puede llamar a nuestra puerta: una alegría,
una decepción, una esperanza… Cuando no queremos dejarlos entrar, los
huéspedes (que saben que estamos en casa) llamarán
incesantemente, golpearán y empujarán nuestra puerta con fuerza.
Para vivir nuestras emociones de una forma sana, en lugar de quedarnos
pegados a la puerta controlando por nuestra mirilla o
empujando la puerta tratando de bloquearla, hemos de aprender a ser
buenos anfitriones y tratar a nuestros huéspedes con hospitalidad. Como
buenos anfitriones, hemos de dar la bienvenida a cada
invitado, abrirle la puerta, dejarlo entrar y permitir que nos diga
lo que viene a decirnos. De esta forma, una vez que nuestro huésped haya
dicho lo que venía a decir, habrá cumplido su función
y acabará marchándose por su propio pie.
Fuente: Paula Ortiz, Psicóloga.
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