Texto de Ana Fernández Alonso. Sexóloga y presidenta de Astursex.
El deseo es promiscuo. Puedo hacer esta afirmación después de
muchos años de conocer, tratar y analizar parejas de todo tipo: jóvenes,
adultas, maduras, muy mayores, homosexuales, heterosexuales. Tanto en
la consulta sexológica como en la vida cotidiana. Cualquiera puede
encontrar ejemplos de que el deseo erótico no se agota en la pareja, ni
se limita a ella.
Nos encontramos en un momento en el que empiezan a ser negocio las
entidades que te ofrecen la posibilidad de ser “infiel” o de tener una
aventura, en un marco de discreción que no ponga en riesgo tu relación
de pareja. De forma que esta idea de la promiscuidad de nuestro deseo,
está empezando abrirse paso, pidiendo ser legitimada socialmente.
Pero esta realidad no es una moda, como puede parecer, ni se trata de
que los tiempos estén cambiando. Si retrocedo hasta hace unos treinta
años, puedo recordar infinidad de conversaciones que sustentan esta
idea, en el marco de una peluquería de señoras en la cual pasé muchas
tardes de mi infancia y adolescencia. Valga el ejemplo de una mujer de
mediana edad, que afirmaba por entonces, refiriéndose a un cantante de
moda: “Pues yo por mi marido no lo cambiaba, pero si me lo dejan para un
fin de semana…”
En el marco de la atención sexológica es claro que este deseo
promiscuo está presente. Te acercas a parejas de todo tipo que se
enredan con los conceptos de amor, deseo, fidelidad, traición,
exclusividad. Son enredos que giran casi siempre entorno a prejuicios
morales, mezclados con ideas preconcebidas (con frecuencia erróneas) de
lo que significan cada uno de esos conceptos y con relaciones
construidas en base a ideales románticos extraídos muchas veces de
argumentos televisivos. Cuando en uno de los miembros aparece ese deseo,
puede desencadenar reacciones pasionales, tomando como referencia la
acepción de pasión que nos habla de sufrimiento. Y lo que va cambiando
en las diferentes parejas es la manera de enfrentar y gestionar ese
deseo.
A todas las generaciones contemporáneas nos han educado con la idea
de algún día encontraríamos a esa persona ideal con la cual
compartiríamos nuestro amor, nuestro deseo, nuestra vida en común,
proyectos de futuro, familia, etc. El modelo de pareja da igual, sea a
través del matrimonio, del registro o de compartir piso. Incluso aun
tratándose de parejas no convivientes. Y dando por bueno que eso sea
así y que lo que define a la pareja es el amor y el deseo… ¿Porque es
necesario que ese amor esté legitimado por un deseo erótico exclusivo?
Recientemente, en el marco de un Curso de Verano de la Universidad de
Oviedo, la compañera sexóloga Valèrie Mougeot nos decía que la
prostitución, históricamente, había venido garantizando la estabilidad
de la pareja porque servía para canalizar la natural promiscuidad del
deseo masculino. Está claro que el deseo masculino, en tanto que
promiscuo, ha sido explícitamente aceptado desde siempre por la
sociedad. No así el femenino, más ligado a la idea de que si no hay
amor, no puede haber deseo.
Esta idea aun se sigue manejando y en nuestra sociedad hemos aceptado
las diferentes formas masculinas de gestionar la promiscuidad de su
deseo. Ya sea entendiendo como una característica de muchos varones el
“miedo al compromiso”; o viendo como algo habitual y tolerable las
infidelidades masculinas. O incluso valorando que explícitamente los
hombres verbalicen su deseo, ya que cuanto más promiscuo, más refuerza
el estereotipo erástico del constructo socialmente aceptado de la
masculinidad.
Y paralelamente a esta realidad, cuando las mujeres se han
involucrado en una historia de deseo hacia alguien que no es su pareja,
ponen en cuestión sus sentimientos, su relación de pareja e incluso
pueden acabar rompiendo esa relación, con todo lo que ello conlleva,
simplemente por caer en la trampa de la exclusividad del deseo erótico.
Trampa en la que también terminan cayendo los varones.
Dicha trampa es la siguiente: Partimos de la idea de que el amor es
ese sentimiento que tenemos en exclusiva y que nos define como pareja. Y
es claro que en una pareja que se ama hay deseo erótico. Pero el lío
viene cuando nos creemos que ese deseo ha de ser exclusivo y además
estar condicionado por el amor; porque entonces, en el momento en que
hay deseo hacia otra persona, empiezan las dudas, los sentimientos de
culpa, las confusiones entre lo que es amor (eso que nos legitima como
pareja y que entendemos en exclusiva) y lo que solo es deseo. Y de esta
forma la relación de pareja puede entrar en crisis y acabar en ruptura.
¿Qué sucede entonces? Cuando se rompe una pareja en estas
circunstancias, porque uno de sus dos miembros apuesta por otra relación
que de pronto le ha hecho sentir cosas que hacía tiempo que no sentía,
le devuelve el morbo, las “ganas” que se habían quedado dormidas (tal
vez por no alimentarlas), llegará un momento, como pasa en todas las
relaciones, en que ese “síndrome del enamoramiento” desaparecerá. Y si
lo único que ha movido esta nueva relación era el deseo, cuando el deseo
pierda su intensidad, se apreciarán las carencias y la gran pérdida que
puede haber supuesto romper con la relación anterior.
Muchas mujeres acuden a la consulta de sexología con el
autodiagnóstico de falta de deseo. En cuanto investigas un poco ves que
el deseo hacia su pareja no ha desaparecido, solo ha cambiado. Pero la
demanda es volver a sentir el mismo deseo que al principio de la
relación, porque ven con preocupación que esa forma de deseo a veces se
la desencadenan otras personas o situaciones al margen de su pareja. Y
la pregunta que subyace es “¿Será que ya no le quiero?”
El deseo cambia y ahí no debemos engañarnos. El deseo erótico es
nuestra respuesta ante ese estímulo que es el otro o la otra que nos
atrae. Y lógicamente, cuanto más nos expongamos al estímulo, menos
intensa será nuestra respuesta. (Por este camino van todas las
propuestas de “romper con la monotonía, salir de la rutina” que se
suelen aconsejar para alimentar el deseo en la pareja). Y en esta misma
línea, un estímulo diferente, aun con menos carga erótica, puede
hacernos reaccionar más intensamente que aquel otro al que nos hemos ido
acostumbrando.
Se ha escrito mucho sobre el deseo en la pareja y los profesionales
de la sexología sabemos canalizar todo tipo de demandas que tengan que
ver con alimentar el morbo, la seducción, el cortejo, reconquistar a
nuestra pareja, volver a excitarla como el primer día, recuperar
amantes adormecidos, resolver conflictos con nuestra respuesta sexual…
En la pareja ¿Pero que sucede cuando el juego erótico trasciende a la
pareja?
Tal vez el primer término a desterrar debiera ser el de fidelidad. Se
trata de una palabra con demasiada carga moral y podría perfectamente
sustituirse por el de lealtad. En una pareja estable, hay un compromiso,
unas complicidades, unos proyectos en común, un entorno social y
familiar. En estas circunstancias la palabra lealtad encaja
perfectamente. Y muchas parejas van entendiendo que conviven mejor con
este concepto.
Posiblemente ha llegado el momento de que nos paremos a reflexionar,
sobre todo quienes nos dedicamos a este complejo mundo de las relaciones
sexuales (o sea, entre los sexos), que la natural promiscuidad del
deseo erótico es una realidad, con la que debemos convivir. Que se da en
la práctica generalidad de las parejas estables y que lo que cambia es
simplemente la forma de afrontar la gestión de ese deseo. Desde quien
opta por reprimirlo y lo relega al mundo de sus fantasías y su
imaginario erótico, hasta quien lo asume y negocia con su pareja
encuentros esporádicos con terceras personas, pasando por las típicas
aventuras extraconyugales no confesadas o simplemente no verbalizadas,
por las parejas liberales que juegan a los intercambios o a los juegos
eróticos en grupo, por quienes recurren a servicios de prostitución a
solas o en pareja y un largo etcétera de ejemplos y de situaciones de
quienes, reconociendo su deseo promiscuo, deciden que su forma de
gestionarlo no tiene porque poner en peligro la exclusividad de su amor y
de su relación de pareja, a la que por supuesto valoran por encima de
todo y a la que no desearían en absoluto renunciar.
En resumen, tal vez sería buena idea tomar conciencia de que en
nuestras consultas sexológicas vamos a tener que manejarnos cada vez más
con esta idea del deseo promiscuo y de la gestión de esa promiscuidad.
Porque muchas personas, de forma individual o en pareja, ya nos están
empezando a hacer preguntas al respecto. Personas y parejas que están
dispuestas a apostar por la estabilidad de su relación y de su amor y
desean saber qué hacer con su deseo. Y nos van a escuchar, porque se
dirigen a nosotros por la autoridad que nos confiere nuestra profesión
sexológica. Y esta es una gran responsabilidad. Señoras y señores
profesionales de la sexología, se admiten sugerencias.
Ana Fernández Alonso. Sexóloga y presidenta de Astursex.
Hola, gracias por esta interesante entrada y por el blog.
ResponderEliminarSegún tu experiencia, ¿consideras que el deseo es promiscuo por igual en hombres que en mujeres? ¡Saludos!
Hola. El texto no es mío, como puedes ver al comienzo de este, pero subscribo su reflexión y su análisis.
ResponderEliminarComo sabemos en sexología la erótica es diferente y peculiar en cada persona, tanto por los deseos que se tienen, por su intensidad, por las formas de expresarlos y por las vías de satisfacerlos (conductuales o imaginarias).
Nuestra cultura nos ha educado:
-Para que hombres y mujeres no deseemos lo mismo (la erótica masculina más centrada en lo genital, la penteración, la satisfacción orgásmica... y la erótica femenina más centrada en las sensaciones vincualadas a emociones y afectos, satisfacción con o sin orgasmo...)
-Para que expresemos de manera distinta nuestra erótica(hombres más expresivos en cuanto a sus deseos de contactos corporales, intergenitales, y mujeres más expresivas en cuantos a sus deseos sensuales y afectivos).
-Y para que satisfagamos nuestros deseos también de manera diferente (con más o menos límites sociomorales según el sexo).
Así que parece que no es que el deseo sea más o menos promiscuo en uno u otro sexo, sino que siendo promiscuo en ambos, lo es de distinta manera, y lo satisfacemos de distinta forma.
Sobre esto, te recomiendo un artículo super interesante sobre los cambios en la vivencia del deseo en la mujer y nuestro paso de ser objeto de deseo a sujeto deseante (sin dejar de ser objeto de deseo).
http://www.sexologiaenincisex.com/contenidos/kiosko/articulo_n.php?id=23&cat=7
Gracias por tu comentario. Y me alegro mucho de que te guste el blog.
Saludos!
Ángela K.
¡Uy, perdona, leía con prisas y creí que lo habías escrito tú! :)
ResponderEliminarGracias por tu elaborada respuesta y por el enlace.
Es curioso, un secreto a voces como la promiscuidad del deseo, y seguimos creyendo en la exclusividad del amor, en el matrimonio ideal, en la mentira de que nuestra pareja nunca amará a nadie más que a nosotros. Si a este autoengaño añadimos la culpabilidad que nos hace sentir (al menos yo la siento) el poder amar a más de una sola persona,... tenemos un buen guión para una telenovela. :)
No, ahora en serio: cómo nos complicamos la vida cuando todo podría ser mucho más simple.
La clave está en una buena comunicación y confianza, a nosotros de momento nos funciona, espero seguir así.
Sobre el enlace que me recomiendas:
Cierto, si se nos ha liberado de las cadenas culturales que nos obligaban a comportarnos como seductor-conquistador, es gracias al feminismo. ¿Deseado o deseante? Mmm... Yo, la verdad, prefiero ser deseado. :D
Sigo leyéndote, ¡¡saludos!!
J.
ME gusta leer sobre sexo y lo hago con bastante frecuencia en revista, internet , etc dedicadas al tema, pero este texto es uno de los mejores qeu he leído en mucho tiempo! Me parece muy importante afrontar el tema del deseo y la pareja y las relaciones extraconyugales analizandolas desde un punto de vista sicologico e intentando entender qué nos pasa a nosotros mismos, preguntandonos qué sentimos y qué no... intentando comprendernos a nosotros mismo sin entrar en moralidades y sin negarnos la sensacion de sentir deseo.
ResponderEliminarMuy interesante. Ya no me parezco tan bicho raro!
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